El estudio del derecho me trajo muchas explicaciones, muchos conceptos, pero jamás pensé que me daría una explicativa cátedra sobre algunos procesos internos, en clase de derecho procesal.

Decía el maestro: “el hombre que vive en soledad sólo vive, mas el que vive en sociedad convive“. Y ahí es cuando  recuerdo mi falta de entendimiento.

Cuando uno convive con el otro, empiezan los conflictos de pretensión” la pretensión de querer someter la voluntad del otro a nuestro propio arbitrio, cuando uno solo quiere vivir y el otro por el contrario pretende convivir; días, semanas o llegar a fin de mes todos los meses.

Hablaba más tarde del  “principio de preclusión de los actos procesales” que  establece que determinados actos deben corresponder necesariamente a determinados momentos, fuera de los cuales no pueden ser efectuados y de ejecutarse carecen totalmente de eficacia.

Y así  analizo completamente fuera de tiempo, mis apetencias de vivencias que se llenan con sobrevivencias.

Me vienen a la mente controversias y cuestionamientos como; si se pudiera plegar o estirar al tiempo según nuestros rigores, hacerlo, des-hacerlo, materializarlo, extinguirlo. Volverlo a la memoria o arrastrarlo al olvido, la crema de la intelectualidad.

Pero no, los tiempos de eficacia de la queja son tan reducidos que cuanto más uno se demore en lanzar el reclamo menos importante es para el otro responder o aclarar, hasta el punto de conformarnos con el simple deseo de cumplir del otro, sin ninguna posibilidad de que podamos exigir otra conducta.

Cómo es que es tan claro a la razón mas tan obscuro al entendimiento.  Me ordeno y me desordeno y me encuentro con esos procesos internos que son materia fuera de estudio, que su análisis ya esta precluso, extinto, juzgado y mi reclamo aunque nunca ausente, se percibe completamente perdido y obsoleto.

Con la cabeza casi calva por causa de las dudas, me queda pretender el compromiso de recibir  respuestas, pero  acabo pretendiendo apagar mis procesos internos como se apaga la colilla de un cigarrillo; que solo tiene un instante de dolor, que arde y tan pronto como uno lo permita se consume y acaba olvidado, tirado en los paseos centrales, en los ceniceros colectivos o en las macetas frontales de los locales comerciales, hasta que se lo lleva el pasar y se pierde o se esconde de la vista de todos.

Continúo con el análisis y finalmente entiendo que me queda una única pretensión. Que venga algún barrendero y se lleve a todas las colillas, o venga algún otro y las junte, se las haga llegar o las venda en el mercado negro.

apagar colillas

 

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