Son las 7 de la mañana del 24 de diciembre del 2013, la casa esta desordenada y vacía. Me levanto, tomo las carpetas del día y voy al trabajo. El calor de diciembre es húmedo, los espíritus están alborotados y se embisten unos a otros.

!Que embole trabajar en navidad! todo me molesta, el calor, los biblioratos que debo cargar, la caminata, el alboroto de la gente, el tráfico. Mi mente se encuentra perdida entre las nostalgias de lazos mal escogidos y las decepciones del día y de la vida. Pero, sin embargo continuo movida por el piloto automático “salvatore” del existencialismo barato  que reza el “que lo que tanto...”

Cuando por fin las tareas se acaban y puedo sentirme libre de las grillas laborales, otros grilletes toman la guardia y me encierran en las nostalgias. Subo al bus, liada entre carpetas, tacones y otros cacharros de la feminidad y voy rumbo a la misma casa desordenada y vacía que deje en la mañana.

El calor se acrecienta y el bus se llena; de gente, de olores, de circunstancias. Iba absorta en ese bus que estaba repleto de cajas de sidra, verduras, abundancia y espíritu navideño, todo eso hacía que me convierta en un grinch más.

Mas así es cuando de repente, sube una señora que apenas se movía, (supe después que se llamaba Julia),  también llevaba carpetas, bolsones y cacharros, pero se veía que el peso de todo eso era mayor. Iba envuelta en una tela que hacia de vestido y  a la vez de manta, la cabeza estaba ataviada en un trapo que se veía muy caliente para un día como hoy.

Empezó a hablar y llena de ese mal humor que me invadió desde el amanecer, supuse que era una más que subía y lucraba de la lástima de la gente.

“Queridos pasajeros, disculpen la molestia, soy una mujer sola y enferma de cáncer…” fue todo lo que pudo decir y se desplomo al piso. Las telas que llevaba encima se abrieron, dejando ver en su cuello un parche enorme que llegaba hasta sus hombros, sudaba, tosía, su cara estaba hinchada y roja. Sin embargo en medio de toda esa fragilidad, y del grito desesperado de su cuerpo, luchaba – no sé como- con la poca fuerza de voluntad que le quedaba para pedir algunas monedas. 

Por su parte el público permanecía indiferente y lleno de ese “que lo que tanto...” anterior, obsoleto ante el clamor de Julia, todos miraban curiosos pero nadie se levanto para ayudarla, salvo por Don Evaristo, un señor que lucía solo un poco menos pobre que ella pero que nos enseño toda la riqueza que llevaba.

Apenas Julia intenta moverse y levantarse como puede, Don Evaristo se levanta de su sitio y cruza  las muchas cajas de sidra y bolsones abarrotados de provistas que llenaban el pasillo de la linea 41, llego hasta ella en medio de todo eso y de la obscenidad de la gente. La tomó de los brazos con las fuerzas de un anciano cercano a los 70 años, la ayudo a levantarse, le dio un poco de agua que llevaba en un termo que se veía con casi los mismos años que él y le sugirió que se lavara la cara.

Julia se recupera, y busca las monedas de ese público desabrido, mientras Don Evaristo dice en el guaraní más dulce y claro que escuche jamás:

“Nde kuñakarai, nda nde añoi hina, anike nire pensa umia… koa juventudkuera ndopenaiba nderehe la imboriahuveva”.

(Señora, no estas sola, no pienses eso, estos jóvenes de acá, que te ignoran son los que no tienen nada).

Fue mi lección del día.

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