“Pero se dirá, ¿por qué  escoger preferentemente la música? Pues porque de todos los placeres de los sentidos es el que menos corrompe el alma”
Montesquieu – El espíritu de las leyes.
 

Las verdaderas revoluciones  no son las que nos sorprenden por su grandeza y su violencia. Las transformaciones importantes en que se opera realmente un cambio son aquellas realizadas  en las ideas, las concepciones, las creencias, el alma. Los acontecimientos memorables de la historia son siempre los efectos visibles de cambios invisibles en el pensamiento de los hombres.

Y qué manera más sutil, estratega pero dulce, hábil y hasta estoica a la vez que la música. Que consigue que el alma sienta la dulzura, la compasión , la histeria, en ocasiones el llanto y por momentos hasta la pasión, el desborde y el descontrol. Que provoca al conocimiento en unos y  en otros la embriaguez y la seducción.

La música es sin duda la más tangible y  trasmutable de las artes. En lo que se denomina “conciencia primitiva”, la música está muy cerca de lo humano, apenas se diferencia del habla y las acciones (obra o danza), y se rodea de elementos cotidianos, está hecha  por y para reseñar, para convertirse en historias, hitos, anécdotas, en cuerpo y en alma.

Concibe y crea recuerdos, nombres, hechos, evocaciones, memorias y formas.

La presencia de la música es, alegórica, simbólica y generosa.

Se suele explicar a la palabra “mousike” como un derivado del término colectivo para las Musas, las nueve hijas de Zeus y Mnemosyne (memoria), que eran consideradas dadoras de inspiración y patronas de las distintas artes. En ese entonces, la música era considerada como algo valioso y desconfiable a la vez: valioso por su capacidad de despertar, complacer y regular el alma y de producir buenas cualidades en sus oyentes. Pero, a la vez, se desconfiaba de ella por su capacidad de sobre estimular, narcotizar, distraer y llevar a excesos en la conducta.

Los griegos atribuían un elevado valor moral a su música. Ella formaba el carácter. Si era buena, instigaba a los goces de la acción; si era mala, debilitaba la libre voluntad humana cuando no la suprimía incluso. Por esto, la Música desempeñaba poderoso papel en la educación.

Se conoce la historia de que cierta noche estaba Pitágoras contemplando las estrellas. De repente oyó un gran ruido. Observó a ciertos jóvenes que se esforzaban por entrar en la casa de una hermosa artista. Un músico tocaba una melodía en modo frigio, y esto despertó en los jóvenes su lascivia. Pitágoras se acercó al músico y le mandó que tocase una melodía en modo dórico. Al instante, los jóvenes recuperaron el sosiego y se marcharon a sus hogares.

Sin la música la vida sería un error” – y léase con énfasis que Nietzsche no es dado a las glorificaciones-  Sin embargo, lo ha repetido en sus cartas a Peter Gast y a Georg Brandes. Él ha conferido a menudo que “La música es un hechizo”, (Carmen), ella embruja, pero también pervierte y absorbe completamente a sus auditores. «Cave musicam!» -¡Cuidado con la música!– . Así lo entendió Nietzsche. “Todo lo que no se deja aprender a través de las relaciones musicales engendra en mí hastío y naúsea” –Carta a Rhode del 21 de diciembre de 1871-.

Platón, en una parte de su obra “La República”, habla de la educación de los custodios del Estado, los guerreros. Dice que éstos deberán formarse con tres disciplinas: música, para formar el alma, la gimnasia para el cuerpo y filosofía para el carácter “dulce con sus amigos y conocidos“. Para Platón, la música es alimento de la virtud.

Para Aristóteles la música tiene una utilidad: el divertimiento de los hombres libres. Aristóteles ve elementos positivos en la música, los resalta, como cuando dice: “La música contribuye al reposo”. Y se adentra en los efectos de la música, diciendo que “la música da placer… Y la virtud de gozar, amar y odiar rectamente”.

 Curiosamente el “Compendium Musicae” es la primera obra de Descartes. Este tratado es como una obra de juventud; en el está presente el meollo de su vida y sus primeras turbaciones. “Ciertamente, debería tratar a continuación por separado cada movimiento del alma que la Música puede excitar, y debería mostrar por qué grados, consonancias, tiempos y otras cosas semejantes deben ser excitados tales movimientos; pero esto excedería los límites de un compendio

Las leyendas acerca del poder mágico de la música son tan viejas como la misma literatura. Orfeo es capaz de domesticar a las bestias salvajes y desenraizar a los árboles con su lira. Anfión construye las paredes de piedra de Tebas con su canto. Josué destruye los muros de Jericó con soplidos de trompetas y David cura con su arpa la enfermedad mental de Saúl.

Suman y siguen las aseveraciones acerca de la música. Lo cierto es que ha estado presente siempre. No se puede entender por medio de la razón, pero la música es un agente dador de vida, encantos, memorias, euforias y entusiasmos que se dirigen al alma y a la experiencia humana.

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