Me indigne con las decisiones de un Congreso que una vez más hace honor a lo que le alcanza  el pienso y el puedo; favores personales, beneficios a los cercanos y el culto a la única aristocracia existente en este país desde su independencia: la aristocracia de los altos cargos públicos.

Ya lo decía el Dr. Ayala en su obra “Migraciones” publicada en 1915: “Para fabricar salchichas en Alemania, se requieren aptitudes especiales; para ser legislador o ministro en el Paraguay, el talento y los conocimientos son superfluos. La preparación, el carácter, la honestidad a veces estorban. Valen más ciertas contorsiones y genuflexiones del cuerpo que veinte años de estudios, que la decencia y la probidad…”

Antes iba a las marchas de protesta, indignada y con el sentimiento real de que mi reclamo podía sumarse al del otro, que podía fortalecerlo mediante el número y la unión de las voces. Hoy entiendo que la única forma de que mi reclamo se una verdaderamente al otro es mediante el voluntariado, el trabajo social y la conducta.

¿Se va perdiendo la fe en el voto?. Sin querer entrar en conjeturas (creyendo que el sufragio es un mero acto de civismo superficial), estas constantes decepciones hacen que vaya tornándose de esa manera.  Al menos en Paraguay; ¡Esta nación con tanta tara de memoria!.

Hacer política en Paraguay es conquistar el voto mediante el ahora; “Confía en mí hermano, que vamos ayudarte con esto” “Opata la vare´a ha la mboriahu.” (acabaremos con el hambre y la pobreza) es ésta la esperanza, y lo que solventa el fin de los problemas personales. Nunca, jamás el bien común de todos.

Carecemos completamente de sentido colectivo, no nos importa el “vamos” el “todos” y el “juntos”. La prioridad , el vituperio y sobre todo el voto, va para quien da más.

Hacer política en Paraguay es la batalla de la viveza, el asedio al conformista y el ofrecimiento únicamente del cambio de bolsillo.

Hacen solo unos pocos meses de unas elecciones que demostraron una vez más la decadencia de la validez del voto. Los de entonces, los de ahora son siempre los mismos, no hay un cambio patente y nunca lo habrá, mientras no cambiemos de esperanza.

En la conquista los escuchan y aprueban,
vituperan sus ideas, elogian sus nombres  y sus lógicas.
Y ¡eh aquellas, allí! inermes en la angustia de no ser reconocidas.
Un son de alerta no los emancipa.
Mas alcanzan el estrado y van siendo perceptibles, tanto que se vuelven vívidas.
Son de carne, amarillas y a veces verdes; los colores de la podredumbre.
Son las mismas, las de entonces;
Mas ahora las ven, las escuchan.
Un toque de queda, dos.
Un son de alerta no los emancipa.
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