El vínculo es lo que ata o apega a las personas o a las cosas, unión o atadura según se lo mida o señale. Pero, es preciso distinguir dos conceptos diferentes: vínculo y relación.

El primero con características de ligadura inconsciente y el segundo como la multiplicidad de sus manifestaciones.

Leí  a Levi-Strauss, en “Las estructuras elementales de parentesco ” y este menciona sobre el vínculo y las relaciones lo que sigue:

– Las relaciones son el conjunto de realizaciones donde se manifiesta la matriz inconsciente del vínculo. El ser humano nace y vive en un mundo de vínculos. Estar sólo implica provisoria o definitivamente la idea de des-vínculo, con la posibilidad de estar acompañado por las relaciones. Soledad implica al estado mental individual o compartido de estar ligado en un vínculo impregnado de malestar; donde inconscientemente (sin saberlo) deja y es dejado solo/la por el otro, con la amenaza de caer en el estado de desamparo-

¿Estado de desamparo, impregnado de malestar? Me permito objetarlo.

Las relaciones, categorizadas o estandarizadas en cualquier estigma o etiqueta están hechas  (o sirven para) causar el disfrute de dos o la insana y molesta incomodidad; ambas necesarias.  Están para cubrir la gregaria ambición de no despertar solos;  en la calle, en los afters de los días laborales, en la cama, en los pasillos de la universidad o en el café del teatro.

Están para no encontrarnos inermes, para no caminar por separado, para conocer los olores y sonidos del ser humano que en soledad desconocíamos; así  unos roncan, otros callan, otros caminan sonámbulos en la noche o en el día, despiertos o dormidos, así otros que quizá simplemente nunca despierten o no pretenden despertar.

Las relaciones son para eso, para encontrarnos y descubrir que hay otro polo, otras circunstancias, otras vías del vínculo.

La soledad en sí misma no tiene esos vaivenes, la soledad que no esta apegada a la amenaza del desamparo del que habla Levi-Strauss no tiene esos reconocimientos, tiene otras cosas, otros sonidos, otros letargos, otros olores; como el del café recién batido, el de los libros amarillos, el del tabaco y el de las sábanas mojadas y etílicas o por que no, el del mismo disfrute de lo solitario.

Esa soledad tipificada en el disfrute del retiro tiene otras formas; la intensidad de la noche que gusta de no acabar, el ritmo de las lágrimas al caer por las mejillas, la fuerza de la risa que dirige la cabeza hacia atrás con cada carcajada, el aroma de la energía de la seducción en las mujeres y el de la conquista en los hombres.

Esa soledad es moldeable, dirigible, elástica y pendenciera. Puedes tomarla y crear con ella tantas cosas, tiene arranques, episodios, arrebatos, torpezas. Puedes asirla y salir a la calle a escuchar de qué hablan, sonreír en silencio y seguir tu camino observando el detalle de los puentes, el silencio de los días feriados o la urbanidad histérica de los días intensos. O bien  puedes evadirla, y obviar lo que pretende hacerte conocer.

La soledad que escoge el retiro ve otras cosas, todas ellas en detalle. Es confusa, crea y destruye, ordena y desordena es variada y es distante. Soledad por separado, no esa soledad de las relaciones, porque esta última no ve, no oye, no crea y no vive más que para encontrarse con el otro, entrega su voluntad, su energía, su albedrío y entereza y se constituye en la más mezquina y  agreste de todas.

Cabiendo así, sólo entonces la teoría del “Estado de desamparo, impregnado de malestar” de Levi-Strauss.

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