Mario Benedetti una vez escribió:

Hasta ahora mis novelas habían nacido sin introito, pero ocurre que no estoy seguro de que este libro, sea una novela propiamente dicha, (o propiamente escrita). Mas bien lo veo como un sistema o colección de andamios. El Diccionario de la Lengua Española (Real Academia Española Madrid, 1992), incluye entre otras la siguiente definición  “Armazón de tablones o vigas, puestos horizontalmente y sostenidos en pies derechos o puentes, o de otra manera, que sirve para colocarse encima de ella y trabajar en la construcción o reparación de edificios, pintar paredes o techos, subir o bajar estatuas, u otras cosas etc. U. t. en sentido fig.” (me gustó sobre todo eso de las estatuas).

Andamios (1996) – Andamio Preliminar.

En este sentido, y siguiendo con el concepto de Benedetti y además en el afán de no perder la necesidad de escribir, me empeñe en seguir esta práctica, escribiendo lo que venga en gana, y que seguramente alguna vez servirá para construir puentes, construir edificios, pintar paredes o simplemente bajar estatuas en algún cuento, relato o si me alcanza la luz, un libro.

Son como andamios quizá, o al menos esa era la idea. No hay esfuerzo aquí solo hay disfrute así que si no engalana el texto, no es el texto es quién lo escribe y tal vez cómo lo escribe.

Los llamo numerales, solo porque tienen que tener algún nombre.

Ahí va.

 I

Raramente  encuentro lo que busco. Cuando pienso en algún outfit termino siempre escogiendo algún vestido o camisa que sorprendentemente había vuelto a aparecer.

El único orden existente es el de zapatos de un lado, carteras del otro y en medio del caos una mezcla de estaciones, estilos y colores. Un embrollo de lanas, algodones, sedas y licras. El perchero es un amplio pasillo intensamente amontonado, cargado de sacos, abrigos, vestidos de fiesta y tantas bufandas.  Las perchas han perdido la forma normal y común que tienen las perchas por el acelerado afán de colgar y colgar. Una butaca apoya la causa cuando el montículo de trapos deja caer contenido con los apuros; todo lo que cae al piso termina en la butaca en un intento frustrado de organización. Alguna vez lo arreglare hoy voy tarde.

II

El morbo en la mente, la saliva en el pubis, el sexo en las horas. Ella grita mientras las vecinas despiertan y responden a los sonidos airados con la malicia queda de sus abstinencias. Siempre que puede grita y a él  le encanta que lo haga, ciñe la frente mientras la penetra y ella  lo toma de las piernas para que se ajuste y quede. La fuerza se incrementa a medida que goza, el olor a sexo, los pelos en la sabana, los mulos que se tensan mientras las caderas se tocan en un vaivén intenso y rítmico. Todo lo observa porque no cierra los ojos cuando goza, no apaga las luces para enloquecer,  vive el morbo en su mente a través de sus ojos cuando se ajusta y queda.

Dos seres desordenados y tibios que se tocan en el cine gozando del miedo a que los vean. Las piernas que se abren dando libertad, las cabezas reposando relajadas con cada manoseo, con la intensidad y el ritmo sin cadencias. No importa que los miren, el egoísmo del placer los ha envuelto en el gozo.

No comprenden mucho su arrebato. El juego de las manos se le ha vuelto un vicio malquerido pero vívido.

III

Tratado de la envidia: esa minoría feliz que se queda en casa a escuchar la lluvia envueltos en un edredón gordo y con olor a suavizante de “lavanda” o de “aromas del bosque” haciendo cucharita en un perfecto día de los enamorados. Y esa exorbitante cantidad de individuos mojándose hasta pegarse la camisa al cuerpo, saliendo temprano, batallando colgados de un bus de camino al trabajo que es una mierda. Empapado en los charcos y raudales que los micros cruzan sin discriminar tacones ni faldas. Caminando histéricos, sintiéndose feos, tristes y como un pororó mojado.

IV

El arbusto verde pálido se movía con el viento a través de la ventana de vidrio en cuadrillé. La cortina de persianas blancas y fijas estaba entreabierta,  pero no me dejaba ver mucho. Sólo alcanzaba avizorar  -por momentos-  una pared blanca con hierbas y un candelabro de hierro forjado con aspecto antiguo, pero con un  foco de bajo consumo con forma de espiral bastante actual.

Tenía las manos atadas a una silla de escritorio, intentaba mover las cortinas con la cabeza con acierto frustrante. El arbusto que se dejaba ver a través del vidrio ubicado estratégicamente de modo a limitar mi visión, pareciera que sentía mi insistencia y se resistía al viento sin dejarme ver más allá de él por largos instantes. Una ancha y fuerte cinta de embalaje industrial rodeaba mi cabeza por la boca y las orejas, y apenas me dejaba respirar. El único sonido de auxilio que podía hacer era el que yo pensaba que se generaba por los constantes golpes de mi cabeza contra el vidrio. El claustro de mi entorno se afanaba en cerrar mi mente y mis pensamientos, apretaba el rostro contra la ventana hasta que me goteara la cara y se me amarronara el aspecto.

Hasta que la brisa del arbusto llegó a mi cara, el olor a verde de las hierbas de la pared que apenas se dejaba ver me alcanzó. Escuchaba los sonidos de la gente hablando en la calle, las bocinas de los autos de histéricos conductores, el perro del vecino que ladraba sin parar con ladridos fuertes, constantes y vigilantes.

Un sonido metálico como un portazo seco, le sigue el sonido como de una sartén de aluminio rasgando el piso, sueltan la olla con una sustancia oscura gelatinosa y algunas galletas. Ingresa un hombre de macizo aspecto, se ve rudo y sucio, saca las cintas de mi rostro, me toma por cuello y me hunde la cara en el plato que olía a carne vieja, oxidada y a embutidos fermentados. Intento mirar al hombre a la cara, él nota mi intención y quién sabe por qué, lo permite. Su rostro era grande, su expresión muy reservada; era un rostro ausente de barba, de mirada plana y vacía de misericordias. Su dureza hizo que apartara de él mi inspección.

Mirando al piso, cansado y casi sin voz creo gritarle:

—Aunque sea un desconocido él que lo diga, bien debe saberlo: ¡es usted un miserable!

El hombre me toma de nuevo y ésta vez me sujeta con más fuerza, levanta mi cuerpo tomándolo desde el cuello de la camisa y con la boca a la altura de mis orejas, casi rozándolas con sus labios que eran anchos y secos me dice:

—Todos moriremos alguna vez; sin embargo debemos hacer algo bueno o malvado para no dejar de existir.

 V

El olor a sexo, a desorden, las  sabanas arrugadas, maltrechas, pérdidas. Las cortinas que se movían con el viento que entraba por la ventana y dejaba ver por unos instantes la pasión a hurtadillas. Las luces estaban encendidas porque le gustaba verme. Observar mis gestos, mi rostro que es de esos que cuenta, que muestra.

Con esa pasión que solo puedes sentir cuando sabes que en cualquier momento se escapará lo besaba, miraba sus brazos, su hombro su piernas gruesas y grandes que me rodeaban haciéndome sentir pequeña. Cada noche como la última, como el último orgasmo, el último grito y la última noche dormida a plena luz.

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