Imagen

Así era Jenny, paraguaya a dónde vaya, de edad variable con frecuencia veinteañera, y, en ocasiones, cuarentona; considerando el tiempo que lleva dormida, treinta y siete años. Obediente de las siestas siempre que puede duerme; en el bus, en el baño, en la oficina, en el baño de la oficina.  Solo la despierta el hambre; ni las bocinas ni los gatos ni los sonidos raros de la habitación de su compañera de piso. Tanto duerme que hasta creen que actualmente se encuentra practicando la habilidad de dormir parada mientras aguarda en fila ser atendida por los cajeros del banco.  Dicen que no sueña muy a menudo, sólo duerme pero que cuando lo hace, todos saben que ha pasado.

Habla en sueños, grita, camina, y termina despertando en lugares extraños. Saben incluso de una vez que, sonámbula, bajó las escaleras del edificio con las sábanas puestas en la cabeza a modo de velo y un vaso de agua que lo llevaba como si fuera un ramo. Al llegar al piso de entrada, tomó al portero del brazo y con la boca a la altura de sus orejas le gritaba insistente; ¡dime que sí, dime que sí! y otras palabras que nadie alcanzó a entender. El portero, horrorizado por la escena, quedó tieso detrás del mueble de la portería del edificio, mientras Jenny gritaba y apretaba con fuerza el vaso que hacía de ramo. Luego de unos minutos de gritos de “dime que sí” y palabras sin sentido, Jenny terminó saliendo de la portería corriendo y resultó que luego despertó en el ascensor de servicio.

La gente habla mucho cada vez que ella entra en ese tipo de trance, dicen que no sueña por eso, que procura no soñar por sus hábitos nocturnos. Eso le había costado la soltería a los treinta y siete; tuvo muchos hombres pero ninguno que perdure más de un mes en su cama. Todos huían, después de que sus escenas de sonámbula, aparecieran. Al principio era algo gracioso, pero a medida que se repetía encontraban a ello tétrico, y corrían despavoridos.

Hasta que un día se enamoró de Marcelo, un chico raro al que le gustaba combinar sabores extraños como aderezar una empanada de jamón y queso con dulce de guayaba, o tomar mate con miel. Marcelo fue el que tuvo más aguante; era mucho más joven que Jenny:  veintiocho años, y era un chico condescendiente; después del sexo siempre dormía como un tronco. Eso era bueno (¿???).

Jenny llevaba semanas ansiosa por no enfrentarse a su peculiar forma de soñar; duchas calientes, leche tibia con canela y  cansancio eran sus estrategias para no hacerlo. Marcelo aún no había sido testigo de ninguna noche rara.

Había llovido, a cantaros. Los conductos cloacales de Asunción – inexistentes – hacían rebozar de raudales la ciudad; las calles empeoraban con las basuras que tiraban los vecinos, de los barrios de calles arriba, al paso de las aguas. Jenny no pudo salir, tuvo que ausentarse al trabajo y terminar el día ociosa. No pudiendo completar su cuota de cansancio estaba preocupada y ansiosa, sabía que era el día al que debía enfrentarse a Marcelo, … mas dormida, sonámbula.

Se tomó dos vasos de leche tibia con dos porciones de pizca de canela, por si acaso surta un mayor efecto y tomó dos jarras de agua para que las ganas de hacer pis la despierten antes de entrar en sueño.

Se cambio de ropa y entro a la cama con miedo. Apenas su cabeza  apoyaba en la almohada sus párpados respondían al instinto de dormir, profundamente. Parecía que Jenny dormía en negro; la noche se presentaba serena, salvo por los gritos de un callejero que siempre gritaba por las noches, con un acento raro entre americano y portugués:

—“Brasil, o maior do mundo” una y otra vez, mientras se alejaba.

Jenny se levanta, va a la cocina y llena su termo de mate con agua, lleva también una guampa. Va a la cama y destapa el pie desnudo de Marcelo conversa; tenés que lavarte el pie, no se aguanta más!; así no se puede dormir! … Y ceba un mate. Le pasa al pie. Marcelo da una vuelta y la guampa que estaba apoyada a su pie, cae y lo moja. Levanta la cabeza de golpe y despierta viendo a Jenny sentada con el termo conversando, pero dirigiéndose a sus pies. La conversación era indescifrable, mas la escena no puede ser más simpática. Estalla en risa, ríe y ríe hasta más no dar. Ver a Jenny mateando con sus pies era demasiado cómico cómo para juzgar su sonambulismo.

Ninguno de ellos habla de la escena de los pies y el mate. Pero la higiene en los pies de Marcelo mejora notablemente.

Desde entonces, antes de ir a la cama, Jenny toma dos vasos de leche tibia con dos pizcas de canela, porque funciona, y acompaña a su técnica dos jarritas de agua para levantarse a hacer pis antes de entrar en sueños.

Anuncios