– Olor a arena mojada, a viento sur.

– !Más lo siento yo, que tengo la tierra en las narices! . Es triste la vida de una tortuga,  te llevas todo a cuestas y siempre tan lentamente. El tiempo no colabora con uno y todo pesa, ¡sobre todo con este andamio! soldado al caparazón.  Viejo, pero útil. Lo herede de mi padre, Don Beto  – que en paz, descanse – un viejo obstinado con el trabajo pesado, sufría terribles  e interminables dolores a causa de la lumbalgia.

Había dedicado su vida a erigir monolitos de Piedra, hasta que un día se quebró el caparazón al caerse encima la nariz aguileña del busto de Nerón, “El Gran Libertador de las Tortugas” tuvo una muerte dolorosa pero digna.

Cuentan que fue tan fuerte el golpe, que al caer el pedazo de roca modelada encima, el sonido de la coraza quebrada hizo un eco en todo el bosque, las hojas se movían súbitamente y las guayabas, mangos y apepues  caían todas de golpe. La nariz rodaba, todos miraban absortos como sin detener su paso se perdía al alcanzar el río.

Yo sin embargo, he dado a éste andamio una vida más liviana. Los monolitos hace tiempo que dejaron de ser un buen negocio. Ésto de la Democracia casi deja sin ingresos a los constructores. Los Dictadores en cambio, eran más considerados. Daban más trabajo, construíamos por lo menos dos o tres bustos al mes y con eso alcanzaba hasta para el dulce de membrillo rojo. Era entonces cuando todavía seguía los pasos de mi padre. Pero luego el negocio fue menguando tanto que tuve que abandonar el oficio de mis ancestros.

Una pena.

Fue entonces cuando conocí a Lolo una culebra un poco desnutrida que amaba la salsa y siempre vestía de verde y otros colores tan brillantes. Evitaba mirarlo mucho porque encandilaba.

Me sugirió el negocio de los grafitis, era un tanto arriesgado sobre todo porque ni siquiera sabía que significaba eso, pero cuando me mostró su primera obra en piedra me convenció por completo. Era un cartel gigante en medio de una catarata de mariposas de todos los tamaños en todos los colores brillantes que pudieras conocer, de colores  tan estridentes y verde mucho verde con la frase “Queremos más soberbia; !que vuelvan los monolitos!” en letras gordas.

Así que ofrecí mi andamio y emprendimos el negocio.

Empezamos con pocos clientes, jóvenes pubertos muchos de ellos hijos de las familias mejores posicionadas de la arboleda. Recuerdo un día en que debíamos pintar la cueva de osos. Greco, el menor de la familia pidió que en su cueva sea pintada un gran río de color salmón que desembocara en una isla con forma de lengua.

Fue el trabajo más asqueroso, y sucio que tuve que realizar jamás. ¡Imaginate! ¡con el mal aliento de ese oso inspeccionando su lengua durante horas! pintamos cada llaga, cada aspereza. La quería exactamente igual a la suya.

Valió la pena sacrificar el olfato aquélla vez, luego de ése trabajo nos especializamos en decoración de interiores, muchas cuevas, otros tantos hormigueros, un nido y algunos panales.

Para mi alivio no tuvimos que volver a inspeccionar lenguas.

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