El hecho de ser habitados por una nostalgia incomprensible sería, al fin y al cabo, el indicio de que hay un más allá.
 Eugene Ionesco (Dramaturgo francés de origen rumano)

 La Caja

La caja permanecía llena de polvo y viva de ácaros, en la parte superior de un mueble olvidado. El tiempo y la humedad iban ya ganando al corrugado del cartón y la cinta que la sellaba. Las arañas habían dejado constancia de su presencia con varias telarañas encaramadas entre sí, lucía muy vieja pero aun así no parecía olvidada.

Cuando en mi soledad lloraba la ausencia, tome una caja, junte todas las cosas que me recordaban la pena y la selle. Juré con las fuerzas de un alma desconsolada y vacía de lágrimas, que jamás volvería a abrirla y que con ese embalaje quedaban también selladas mis esperanzas.

Hace unos días que vengo mirando la caja con una energía distinta, me tienta abrirla y disfrutar de la nostalgia. Sí, disfrutarla porque la nostalgia surge de la angustia que causa  sentir los recuerdos, revivir las escenas, recordar las sonrisas, los buenos momentos.

La – nostalgia– que linda palabra, del griego νόστος, regreso, y – algia – , dolor. Es el sufrimiento de pensar en algo que se ha tenido o vivido en una etapa y ahora no se tiene, está extinto o ha cambiado.

La observo y noto que es eso – nostalgia – lo que irradia. En el instante introspectivo conmigo y la caja, el reto de no abrirla y el deseo de reavivar las historias con el riesgo de alienar mi alma de nuevo, es constante.

Nadie sabe de la caja, aun así luzco sospechosa de tanto evadirla, paso frente al mueble una y otra vez con la ansiedad en la garganta y el pensamiento aturdido.

Tomo la caja, la dejo de nuevo y así una infinidad de veces en que el descuido convenció a mi entereza. Hasta que invadida de esa energía propia de los arranques y de las decisiones apresuradas, la sacudo y me entrego por completo al deseo.

Sí, hoy abrí mi caja, la sacudí aceleradamente y con las manos negras manchadas por el polvo, tome el cúter y sentí en el alma como la cuchilla abría la herida, la observé llena de recuerdos (de esos que caen de uno cuando te rompen el corazón).

 Los olores permanecían intactos, cada cosa me llevaba a un momento, no quería cerrarla, quería abrirla por siempre y seguir llenándola de formas, de risas, de historias.

Al cargar la primera vez, me tomé la libertad de quedarme con un objeto, era un libro de uno de mis autores favoritos, (un regalo que sumaba todas las fechas especiales en una) que con la excusa de estar leyéndolo no quería soltarlo. Por supuesto, era la coartada perfecta para abrir la caja una próxima vez, ya que al terminar de leer el libro debía encajonarlo en el olvido de la profundidad que había creado en esa caja de cartón.

La lucha con la palabra dada se presentaba exigente, aunque inútil.

Esta vez no había nada que dar, ni siquiera el compromiso de devolver lo prometido. Tome la cinta de embalar y selle mi caja de nuevo.

El libro,  seguirá en la cabecera de la cama como la excusa viva y eterna de abrir una vez más la caja que ya no guarda recuerdos sino anécdotas.

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