Esa mañana el sonido exorbitante de las manifestaciones callejeras había interrumpido súbitamente mi sueño. La ciudad había despertado antes y mi descanso también. Me alisté a la tarea diaria de escribir, con el afán de pegar el teclado sin piedad, hasta su completa desaparición. Clavar mis dedos en sus vértices negros con grafías hasta que la pantalla no tuviese píxeles suficientes para demostrar pensamientos en palabras. – Que la inspiración te encuentre trabajando – me decía. “Se escribe con las palabras no con los sentimientos” – recordaba – frágil, arcana y distante, nada servía.  Llevaba una hora clavada a mi escritorio, intentando servirme de las razones de mi mente, que se sentía impedida como un corcho en la botella.

Afanada.

Nada más frustrante para un escritor que encontrarse con el vacío de la nada. Con las lagunas de su mente abstracta. ¡Que abstracta! vacía.

Completamente airada por esa falta de ideas me rendí al desorden escuchando el sonido de las bocinas de los buses y al caos urbano con sus gritos y reclamos, los minutos se hacían eternos y el estrés lo sentía en la piel que irritada se ponía caliente y roja. Fue entonces cuando exhausta me levante y desafiando a los matices del desorden, observé el panorama urbano. Me asomé a la ventana como otros días, el alboroto hacia visible el sonido.

Allí estaba el sol, ardiendo como el espíritu de esas calles airadas. Me concentre en sus escalas, en sus texturas. Buscando la inspiración que ese día me ladeaba olvidé el cielo quieto, el bullicio parecía más prometedor. Las almas aceleradas corrían de esquina a esquina confusas, buscando ¡quién sabe qué cosa!. Me colgué en esa urbanidad que también me embaucó.

No salían las palabras y mi archivo no pasaba de la misma hoja en Word.

Recordaba mis frases de esos días en que las ideas eran como la lluvia ligera; pequeñas, pero constantes. Cuando decía  “aquél escritor que dice que sus escritos no revelan sus experiencias y realidades miente; todo lo que narramos es el resultado de nuestras apreciaciones, de nuestras vivencias, de nuestro consumismo.” Estos recuerdos acrecentaban la congoja, ¡qué vida más pobre la mía! ni mis conquistas, ni desventuras valían, ni siquiera mis lecturas podían con la profunda y calma laguna que se había formado en mi mente. Mi realidad estaba frente a la hoja en blanco del  archivo en la laptop, mi desesperanza. Nada podía lidiar con ella, más que la misma calma de sembrar la paciencia.

¡Era eso! el bullicio, el caos urbano y sus acalorados rostros me lo decían a gritos. “Busca la paciencia que ves ausente en esos rostros, en esas esquinas”.

¿Sembrar la paciencia en medio de la urbanidad? ¡Qué misión más embarazosa!

Entonces pensé; ¿encontré la inspiración en la paciencia? – No para escribir sobre ella y sobre todo lo que se puede escribir en el mundo primero se debe tener una vivencia -. Esa vivencia de la paciencia aún debo gozar.

Esa mañana distinguí cuantos cambios debía bajar.

No había lagunas sino un mar de carencias.

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