Cuenta una leyenda que, en el valle del arroyo Pirayu, había una fuente o pozo de agua. Un día, un indio negó agua a otro que por allí pasaba. Este hecho desato la ira de los dioses, se sacudió la tierra en todo el valle y de la fuente broto el agua en catarata, inundando aldeas vecinas. Los pocos sobrevivientes acudieron desesperados al Evangelizador Franciscano Fray Luis Bolaños. Este, subido a una altura, invoco a Dios y con una cruz y un libro en las manos conjuró y bendijo las aguas bravías, que inmediatamente se calmaron y detuvieron su avance. Desde entonces, 1603 el lago así formado se llama Ypakarai. Es decir, “ypa” (lago), “karai” (señor), “Ypa oñembokarai vaekue ” (lago que ha sido bendecido, bautizado).

Tres siglos después, en una mañana del 24 de Agosto de 1881 siendo Presidente de la República del Paraguay el General Bernardino Caballero fundaba una colonia de inmigrantes alemanes, a la que éstos pusieron el nombre de “San Bernardino”.

Llevaba medio siglo de existencia la prospera villa germana, cuando se convirtió en centro invernal de turistas porteños y centro de veraniego de las familias asuncenas. Un ingles, Don Ernesto Stanley, construyo a orillas del lago un señorial bungalow amueblado al estilo de su país en donde pasaba sus días entre sus cuadros, sus libros y su hija.

 Por esos días llegó a San Bernardino un escandinavo  de apellido Erickson. Se propuso construir un yate, casarse con la hija de Stanley y salir juntos  a dar en él la vuelta al mundo. Empezó a construirlo dentro del astillero de su futuro suegro. Pero para poder sacar de ahí al yate, hubo que demoler el astillero. Lo bautizo con el nombre de “Ulf” que significa lobo. Lo navego entonces hacia el Río Salado, pero para entrar a este, hubo que romper el dique natural de piedras, sauces y raigones que existía en su naciente. Por otra parte el arroyo Pirayu complico aun más el problema cambiando la transparencia de sus aguas por un color barroso, dejando de ser el Lago Azul.

El “Ulf”, después de navegar por el río Salado y el río Paraguay, hizo escala en Asunción. Manuel Ortiz Guerrero, el popular guaireño, fue al puerto para verlo y le dedicó un bello poema, impregnado de profunda melancolía que en partes decía:

Ulf
 
El “Ulf” esta listo: minusculo yate, igual no se ha visto,
Izado en el mastil el bélico paño tricolor se ve ,
De Tayi es la quilla, de urundey negro la ferrea costilla,
de laurel su casco, la banda de cedro y el mástil de fe.
 
El “lobo” que vino por el río Salado, de San Bernardino,
dormita en la rada cual cisne coqueto soñando en el mar.
 
¡Beber Iotananza! ¡Los vientos del Cabo de Buena Esperanza!
¡Melódicos golfos añiles que habrá de surcar!
 
Que aquí no es ingrata la tierra, si no que – de hembra se trata-
vive ella en espera de mozos que sepan hacerse querer;
pitos y sirenas de fábricas rasgan las tardes serenas,
y se abren los mudos electricos del anochecer.
 
 Lleva este mensaje, por sobre una danza brutal del oleaje,
para Madagascar, Bengala, Sumatra, Australia y Japón,
y en el día infausto en que el “Ulf” se estrelle para siempre,
exhausto de tanto cortar los mares..
 
¡Todos vendaremos nuestro corazón!
 
El “lobo” que vino, por el río Salado de San Bernardino,
dormita en la rada como en una hamaca de etamina azul,
¡Oh, pobre alma mía, ciega de luz, loca de melancolía!
 
¿Lloras porque quieres, también para siempre partir con el “Ulf”?

El yate siguió después aguas abajo, salió al estuario del Plata y prosiguió su viaje por el mar. Pero un día se cumplió el vaticino del poeta. Y se anunciaba que el “Ulf”, durante  una tempestad, había naufragado en el mar de las Antillas.

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